Yo no he asistido a ninguno de los talleres de Marshal Rosenberg sobre Comunicación No Violenta, pero leí el libro hace mas o menos mes y medio y he estado intentando practicar, y lo que he vivido ha sido interesante.
(Como paréntesis, no puedo recomendarles lo suficiente que lean este libro. No sólo se podrán dar cuenta de que no sabemos comunicarnos, sino que también tiene técnicas para mejorar enormemente su comunicación con los demás. Si les da flojera o quieren escuchar un poco más antes de animarse a comprar el libro, déjenme un comentario y trataré de explicarlo lo mejor que pueda)
Por principio de cuentas, yo leí el libro para intentar expresar mejor mis ideas, pues siempre topaba con pared al intentar hacerlo, al punto de haber llegado a la conclusión que llega Wiio: "la comunicación siempre falla, excepto por accidente". Pero el libro continuó con un proceso que había empezado desde hace ya tiempo, y que a últimas fechas se había potenciado, sobre todo por mi incursión en CMR: la auto-responsabilización.
Pero no fue tan sencillo como parece en el párrafo anterior.
Rosenberg habla de tres etapas en cuanto a las emociones: la esclavitud emocional, cuando nos hacemos cargo de las emociones de los demás (como cuando nos preguntamos qué habremos hecho para hacer enojar a tal o cual persona) y hacemos a los demás responsables de las nuestras (como al decir "me pusiste triste" en lugar de "me entristecí"); una segunda, de apatía, donde no queremos hacernos cargo de las emociones de los demás (y entendemos que nuestras emociones son nuestra responsabilidad), y la última, donde además de hacernos cargo de nuestras emociones y comunicación, somos capaces de escuchar con compasión al otro (pero sin hacernos responsables de sus emociones).
Bueno, pues después de estar un rato entendiendo que nuestras emociones en realidad tienen su raíz en creencias que aprendimos muchos años antes -muy probablemente de niños-, la etapa en la que me instalé fue en la de apatía: tenía las herramientas para entender el origen de mis reacciones (así que comprendía que mi reclamo porque "no me escuchas" tenía que ver más con una herida no sanada de mi infancia que con la aparente falta de atención de mi esposa), así que la consecuencia lógica fue que entendí que no tenía por qué hacerme cargo de cómo se sentía la otra persona (si reacciona de esa manera ante un comentario tan simple, tiene que ver con heridas en su pasado, no conmigo, como insiste en decirme).
Fue una etapa muy solitaria. Probablemente necesaria, pero muy solitaria.
Hasta que un día, durante una discusión, casi como inspiración y después de haber intentado comunicarme con resultados muy pobres (a pesar de seguir los pasos de Rosenberg) me cayó el veinte: estaba escuchando, pero no estaba de acuerdo con lo que me decía, así que estaba escuchando pero esperando la oportunidad para "aclarar" las cosas, para expresar mi opinión. Es decir, no escuchaba por completo, con compasión; estaba estableciendo un juicio acerca de lo que oía en lugar de escuchar para comprender al otro.
Así que finalmente llegué a que puede ser que el otro esté haciendo interpretaciones de los hechos que desde nuestro punto de vista sean equivocadas... Y puede ser incluso que estemos en lo correcto. Pero la comunicación no se trata de ver quién es poseedor de la verdad y quién no. Se trata de hacer una conexión a nivel humano. Es lo que todos ansiamos al comunicarnos.
El triángulo del "desempoderamiento"
Hace unas semanas empecé con la idea de que para cambiar a México debíamos cambiar nuestra actitud sobre nuestros antepasados. En concreto, suponía que debíamos perdonar a nuestros antepasados conquistadores y a nuestros antepasados conquistados. ¿Por qué? Porque si no, seguiríamos repitiendo los patrones de víctima y victimario una y otra vez.
Es decir, existe alguien que hace daño, alguien que recibe ese daño, y alguien que llega a salvarnos de ese daño. También puede darse el caso de que los vértices no sean interpretados por personas. Por ejemplo, una persona puede sentir que es víctima de las circunstancias económicas (perpetrador), y que sólo una herencia o la lotería podrían salvarlo (aquí la fantasía de ganarse la lotería es el rescatador). O podría una persona con sobrepeso culpar a su herencia genética por su sobrepeso, y rescatarse a si misma manteniendo la idea de que la siguiente dieta milagrosa le ayudará.
En esa búsqueda, una tía que es psicóloga me habló del triángulo de la víctima (también llamado triángulo del drama, y triángulo del desempoderamiento) en el que no sólo aparecen la víctima y el victimario, sino también el salvador (en el caso de la conquista, es el indio, el conquistador y el misionero). Y como siempre que estoy interesado en una idea, el universo conspiró y ésta volvió a aparecer en un libro que me prestaro y luego en un buen artículo (en inglés).
No soy experto en el tema, pero haré un esfuerzo por describirlo de la mejor manera. Pero antes una aclaración: esta información puede o no ayudarte a entender mejor la dinámica de tus relaciones, e incuso a mejorarlas al salir del triángulo, pero no puedes forzar a que alguien más lo entienda, o lo quiera entender. Lo más que se puede hacer es poner a su disposición la información y dejar que él/ella decida si quiere o no salir.
Un punto interesante es que no importa cuál sea el punto de entrada, todos terminan eventualmente en víctimas. Y no sólo eso, sino que eventualmente terminamos cambiando de posición con gran rapidez y frecuencia, donde el rescatador termina siendo víctima y la víctima persecutor, o el persecutor se convierte en rescatador y luego en víctima, etc.
El triángulo del Drama fue desarrollado por Stephen Karpman, psiquiatra y maestro del análisis transaccional y es el siguiente:
Si miran con cuidado los ejemplos anteriores, podrán darse cuenta de que la persona esta renunciando al poder que tiene para cambiar su situación al situar a los responsables de la misma fuera de si mismo (tanto a los causantes como a los que tienen el poder de cambiarla).
Aunque todos terminamos jugando los distintos papeles, en general tenemos un punto de entrada, aprendido durante la niñez.
El Rescatador.
El rescatador se identifica a si mismo como cuidador, como responsable de otro. De los tres, es el más renuente a identificarse como víctima.
Se puede ver como una distorsión del aspecto femenino. Ahí donde una madre apoya y cuida, el rescatador no encuentra los límites y llega a asfixiar, controlar y manipular al otro "por su propio bien", por lo cual se les llega a identificar como sobreprotectores.
Es frecuente que la sociedad les llegue a reconocer por sus actos "desinteresados".
Es probable que a un rescatador se le haya negado la atención cuando era niño, por la razón que sea. Una creencia detrás del rescatador es que hacerse cargo de si mismo es egoista, que sus necesidades no son importantes, por tanto desarrolla la creencia mágica de que "si me encargo de ellos lo suficiente, eventualmente ellos se encargarán de mí". Por supuesto esto último no ocurre, pues las vícitmas sienten que no son capaces de encargarse de si mismos, y mucho menos de otros. Esto reafirma su creencia de que sus necesidades no son importantes.
Los rescatadores se convieren en víctimas cuando no reciben el cuidado que esperan, o cuando las víctimas rechazan sus cuidados, y se convierten en persecutores, por ejemplo, negando los cuidados que solían dar.
Inconcientemente, un rescatador tiene miedo a quedarse solo, y por tanto aceptan una relación de codependencia. De hecho, necesitan de una víctima que les necesite para sentirse valiosos. Sin embargo, esto crea una espiral descendente: la víctima siente que no puede hacerse responsable, y el rescatador lo confirma al rescatarlo, lo cual hace que la víctima no se haga responsable de sus actos y necesite de ser rescatado, etc, etc.
Un ejemplo es la madre abnegada que da todo por sus hijos, negándo incluso sus propias necesidades de cariño y espacio. En su bienintencionado intento por proteger a sus hijos de todo mal, termina inculcándoles la creencia de que ellos no son capaces de resolver las situaciones que se les presenten en la vida. Luego, cuando los hijos crecen, comienzan a reclamarle por sus fracasos en la vida (los hijos se convierten en perpetradores y la madre en víctima) y por no solucionarles la vida, a lo que la madre reacciona rescatándolos de los problemas en los que se meten. O tal vez los hijos le reclamen su ayuda asfixiante y la madre, al no sentirse valuada, se dirija al papel de víctima: "eres un malagradecido", o al papel de perpetrador "pues soy tu madre y harás las cosas como yo digo".
Frases comunes:
"Después de todo lo que he hecho por ti"
"No importa cuanto haga, nunca es suficiente"
"Si me quisieras no me tratarías de esa forma"
Quien verdaderamente ayuda no espera reciprocidad, y hace conciente al otro de su propio potencial, en lugar de considerarlo incapaz.
El Persecutor
Así como el rescatador no aceptaría verse como víctima, el persecutor se ve a si mismo como víctima, e ignora o minimiza el daño que él causa. Les resulta más fácil mostrar la necesidad de defenderse que ver su propia conducta opresora: "sólo trataba de ayudar (rescatador), pero se volvieron en mi contra (vícitima), así que tuve que responder al ataque (persecutor)".
Ejemplo: hace poco, mientras paseaba a mi perro (lo paseo sin correa, pero siempre va cerca de mi) me topé con un vecino al que había escuchado con anterioridad quejarse de que algunos perros le habían ensuciado el jardín. Cuando mi perro pasó frente a su casa él se enfureció y trató de patearlo. Traté de explicarle que siempre que paseo a mi perro recojo sus excrementos, así que él no era culpable de la suciedad de su jardín. Ignorando completamente lo que le decía, respondió "lo siento, pero si vuelvo a ver que paseas a tu perro sin correa lo voy a patear". Su posición de "víctima" justifica sus actos...
El persecutor se puede ver como una distorsión del aspecto paterno. Ahí donde el aspecto paterno trata sobre justicia, uso correcto del poder, asertividad, protección, guía y límites, el persecutor distorsiona esos conceptos para protegerse del mundo que considera agresivo.
El rol de persecutor es frecuentemente asumido por alguien que recibió abuso mental o físico en su niñez. Reprimen sus sentimientos de verguenza o inseguridad con enojo y violencia.
Para un persecutor, el mundo es duro y cruel, y sólo los rudos sobreviven. No se dan cuenta de que con sus actos crean el mundo cruel al que tanto temen.
Necesitan estar siempre en lo correcto, y tienen aires de grandeza.
No son "malos". Son simplemente personas heridas que ven el mundo como peligroso.
Necesitan a quien culpar para mantenerse enojados. Tomar responsabilidad es amenazante pues es como culparse a si mismos, lo cual intensifica su auto condenación.
Un persecutor sufre mucho, pues tiene que estar siempre en guardia, atento ante cualquier posible ataque. Por lo mismo, le es difícil confiar en otros, y no puede crear relaciones significativas.
Para un persecutor es muy difícil asumir la responsabilidad necesaria para salir del triángulo, por lo cual la oportunidad se presenta casi siempre en forma de crisis.
Frases:
"Me dañaron, tenía que protegerme tomando represalias"
Víctima
Creen que son frágiles, defectuosos o impotentes, y que esta situación es irremediable.
Se puede ver como un aspecto sombrío del niño. Los niños necesitan de cuidados de vez en cuando, pero alguien se convence de que no es capaz de cuidarse a si mismo, se instala en la posición de víctima.
Tienen miedo a fracasar.
Buscan quien pueda hacerse cargo de ellos. Sin embargo, se sienten resentidos por la dependencia que creen tener y niegan la validación y apreciación que buscan los rescatadores.
Niegan su propio poder.
Tienen un pero para cada solución
Están convencidos de su incompetencia o impotencia.
Utiliza la culpa para manipular a los rescatadores: "si no me cuidas tu, ¿quién lo hará?".
Pensan que no pueden valerse por si mismos, y lo prueban una y otra vez; "te lo dije, soy un fracaso".
Un ejemplo sobre la dinámica del triángulo
Una madre está reprendiendo al hijo por no haber arreglado su cuarto. En ese momento el padre llega al rescate y dice "no seas tan dura, el chico estuvo en la escuela todo el día".
Aqui pueden ocurrir varias cosas:
La madre, sintiéndose víctima, puede volverse contra el marido, convirtiéndose en perpetradora y aquel en víctima.
O el hijo puede convertirse en el rescatador de la madre diciendo "no te metas, yo puedo manejar esto solo".
O el hijo puede aliarse con el padre en un papel de perpetrador contra la madre.
Y así pueden seguir dándole vueltas al tríangulo y cambiando de posición una y otra vez.
¿Y para qué salir del triángulo?
Vivir en el triángulo hace nuestra vida dolorosa:
- Dado que no tomamos responsabilidad sobre nuestra vida y nuestros actos (aún el rescatador, que se hace cargo de otros, niega hacerse cargo de sí mismo), vivimos reaccionando a lo que nos pasa, o a cómo otros nos tratan.
- Vivimos con creencias dolorosas, como que no debemos hablar, que no podemos compartir nuestros sentimientos, o que hacernos cargo de nosotros mismos es egoista.
- Vivimos con sentimientos de culpa y miedo, al tiempo que intentamos negarlos.
- Somos deshonestos con nosotros mismos, al contarnos historias distorsionadas sobre quienes somos y lo que nos ocurre.
- Proyectamos en otros nuestros problemas. Al respecto, y de manera curiosa, he tomado la costumbre de observar mis consejos o reproches a otras personas, y me he dado cuenta que casi siempre corresponden a algo que siento que falta en mi vida.
¿Cómo salir?
Esto es lo que interpreté del artículo. Sin un orden específico:
- Identificar la dinámica que seguimos en nuestra vida y nuestras relaciones. Esto requiere de gran honestidad con nosotros mismos. Es por eso que salir del triángulo tiene que ser personal; que alguien más te señale que te comportas como víctima sólo te pondría a la defensiva. Y yo me permitiría agregar que debemos observarnos con curiosidad, sin intención de enjuiciarnos (el juicio sólo agregaría una capa de culpa que entorpecería nuestra intención).
(Villoldo, el autor del libro en el que también encontré este triángulo, añade que no debemos tomarnos las agresiones como personales. Después de todo, todos estamos jugando en este triángulo sin darnos cuenta)
(Villoldo, el autor del libro en el que también encontré este triángulo, añade que no debemos tomarnos las agresiones como personales. Después de todo, todos estamos jugando en este triángulo sin darnos cuenta)
- Aceptar nuestros sentimientos (negar nuestros sentimientos hace el problema más grande)
- Tomar responsabilidad sobre nuestros sentimientos, pensamientos y reacciones. Esto comienza al darnos cuenta de cosas tan sencillas como que no es que "me hicieron enojar", sino que yo estoy decidiendo enojarme ante una situación determinada. En mi caso he descubierto que casi todos los problemas conyugales que tengo son debido a malentendidos. Si me hago responsable de mis sentimientos, tengo que darme cuenta de que yo decidí enojarme o ponerme triste sin averiguar primero (y que incluso probablemente esta tristeza se debe a alguna deficiencia mía que proyecté en mi esposa).
- Analizar y escrutinizar las creencias que existen detrás de nuestro comportamiento: "¿realmente es egoísta también tomar en cuenta mis necesidades?", "¿realmente siempre fracaso, o sólo fracaso en ocasiones?". Una marca de los grandes genios es su gran número de fracasos... que se deben en parte a su gran número de intentos.
Por supuesto, lo anterior no es tarea fácil. Nuestro ego buscará confirmación de nuestra autoimagen: si toda la vida he reaccionado a un mundo agresivo, buscaré señales que confirmen que en efecto lo es, como el automovilista imprudente (e ignoraré a los cientos que manejan apropiadamente), o me fijaré en el vecino "odia-perros". Si siempre he creído que no hay nada que puedo hacer para remediar mi situación, apuntaré al mal gobierno o a mi falta de educación, o de dinero, o a las inequidades de género, o al racismo. Después de todo, si dejamos de identificarnos como víctimas tendremos que afrontar la responsabilidad de nuestra propia situación. Y si nos identificamos con rescatadores, trataremos de convencernos de que en verdad somos imprescindibles.
Curiosamente, emprender la salida del triángulo es arriesgar a que quienes están dentro nos vean como perpetradores. La víctima podría decirnos "¿acaso vas a abandonarme?", o el rescatador reclamaría "¿Cómo que ya no necesitas mi ayuda?". Incluso el perpetrador podría adoptar una posición de víctima y acusar nuestra ingratitud.
Yo creo que salir de este tipo de relaciones supone un camino hacia la libertad, crecimiento personal, y una relación más sana con nosotros mismos y con los demás... y por eso decidí compartirlo en este espacio.
Drama Triangle
Mi investigación acerca de nuestra herencia cultural como esclavos me ha llevado a encontrar el triángulo del debilitamiento (la mejor traducción que se me ocurrio de "disempowerment triangle"), que otros llaman el triángulo del drama (drama triangle).
En un futuro escribiré un resumen, pero si manejan el inglés, no puedo recomendarles lo suficiente que lean el siguiente artículo. Está bastante largo, pero vale la pena, se los aseguro.
¿Adiós al pasado?
Hoy tomé todas las cartas que había recibido desde la secundaria (eran bastantes), y en un pequeño ritual (es decir, una fogata) y un par de lágrimas, les dije adiós.
No es que quiera olvidar el pasado. Simplemente estoy haciendo espacio para nuevas experiencias.
Mi frase de despedida fue: "no voy a pretender que nunca olvidaré a quienes escribieron estas cartas; tal vez lo haga, tal vez no, pero la huella que dejaron en mi corazón se queda para siempre"
(bonito, ¿no? Y lo mejor es que me salió del corazón)
Me gustó recordar que han habido varias personas que me han considerado especial (también ellas lo fueron) Sobre todo me gustó re-leer que me consideraban un amigo que les escuchaba, cosa que contrasta con la impresión que me han reflejado en los últimos años. Muchas gracias a todos... me llegó en buen momento.
Después me puse a pensar... ¿por qué tenerle miedo a la muerte, si ya hemos dejado atrás tantas vidas?
(no, no me estoy muriendo... o no más que ayer... es sólo otro debraye)
No es que quiera olvidar el pasado. Simplemente estoy haciendo espacio para nuevas experiencias.
Mi frase de despedida fue: "no voy a pretender que nunca olvidaré a quienes escribieron estas cartas; tal vez lo haga, tal vez no, pero la huella que dejaron en mi corazón se queda para siempre"
(bonito, ¿no? Y lo mejor es que me salió del corazón)
Me gustó recordar que han habido varias personas que me han considerado especial (también ellas lo fueron) Sobre todo me gustó re-leer que me consideraban un amigo que les escuchaba, cosa que contrasta con la impresión que me han reflejado en los últimos años. Muchas gracias a todos... me llegó en buen momento.
Después me puse a pensar... ¿por qué tenerle miedo a la muerte, si ya hemos dejado atrás tantas vidas?
(no, no me estoy muriendo... o no más que ayer... es sólo otro debraye)
La esclavitud en nuestras mentes
Dijo la instructora de coaching: "hacemos nuestras las historias de nuestros antepasados".
Lo he pensado muchas veces, pero la semana pasada con especial énfasis: a casi dos siglos de la guerra de independencia seguimos comportándonos como esclavos. Muchos lugares de trabajo están organizados alrededor de esta idea, y todos, felizmente, ocupan su lugar en esta representación teatral. Los empleados son esclavos que odian a sus represores, los jefes ocupan el lugar de capataces, y los directivos de las empresas son los conquistadores (peor aún si son extranjeros). Y en esta danza de esclavos, malinches, guerras entre pueblos y odios nadie sale ganando.
Y luego se me ocurrió que México pasaría por una transformación radical en el momento en que perdonemos a nuestros antepasados. Somos productos de dos razas, y a ambas tenemos que perdonar. Perdonar a nuestros antepasados conquistadores por haber traído tantas desgracia, y perdonar a nuestros antepasados conquistados, por haberse dejado conquistar, por haberse sometido.
Creo que es necesario llegar a este punto para que nuestro país siga adelante; estamos atrapados en el pasado, y hasta que no lo perdonemos, no tendremos un futuro distinto.
Y la pregunta es: ¿cómo lograr que todo un país comprenda esta idea, y no sólo la comprenda, sino que se de a la tarea de perdonar?
Lo he pensado muchas veces, pero la semana pasada con especial énfasis: a casi dos siglos de la guerra de independencia seguimos comportándonos como esclavos. Muchos lugares de trabajo están organizados alrededor de esta idea, y todos, felizmente, ocupan su lugar en esta representación teatral. Los empleados son esclavos que odian a sus represores, los jefes ocupan el lugar de capataces, y los directivos de las empresas son los conquistadores (peor aún si son extranjeros). Y en esta danza de esclavos, malinches, guerras entre pueblos y odios nadie sale ganando.
Y luego se me ocurrió que México pasaría por una transformación radical en el momento en que perdonemos a nuestros antepasados. Somos productos de dos razas, y a ambas tenemos que perdonar. Perdonar a nuestros antepasados conquistadores por haber traído tantas desgracia, y perdonar a nuestros antepasados conquistados, por haberse dejado conquistar, por haberse sometido.
Creo que es necesario llegar a este punto para que nuestro país siga adelante; estamos atrapados en el pasado, y hasta que no lo perdonemos, no tendremos un futuro distinto.
Y la pregunta es: ¿cómo lograr que todo un país comprenda esta idea, y no sólo la comprenda, sino que se de a la tarea de perdonar?
Stuff
Stuff doesn’t love you back.- Comentario de Windwolf en un artículo de Zen Habits)
(Con cierta licencia literaria, la traducción es: "el amor a las cosas no es correspondido")
Simplemente me encantó
Mediocridad o perfeccion
He escuchado muchas veces que los problemas de nuestro país y los problemas personales se deben a nuestra mediocridad, a que no nos exigimos lo suficiente.
Yo opino exactamente lo contrario:
Creo que nuestros problemas surgen de que nos exigimos la perfección.
Nos exigimos perfección en nuestra intención por ir al gimnasio, y cuando faltamos una vez, damos por terminado el esfuerzo. Después de todo, nuestra propósito de ir todos los días ya se vino abajo.
Nos exigimos perfección en nuestro intento por tocar el violín, y dado que nuestras primeras notas son poco menos que bellas, lo abandonamos todo. Después de todo, el talento debe ser natural.
Nos exigimos ser perfectos en la escuela, y fallar significa que no estamos hechos para el estudio.
Nos exigimos ser perfectos en nuestra interacción con el cliente, y en el caso de que algo falle, buscamos rápidamente a quién echarle la culpa para mantener nuestra imagen de perfección.
Le exigimos a los demás que sean perfectos, y una falta de ortografía o una analogía mal empleada puede hacer que una buena idea sea descartada inmediatamente.
Nos exigimos ser padres perfectos, y nuestros hijos sufren no sólo por nuestras imperfecciones, sino por nuestra frustración por no ser el padre ideal.
No es nuestra mediocridad, sino nuestra fútil búsqueda de la perfección en nosotros mismos y en los demás lo que nos frena... Nos detiene a seguir intentando a pesar del fracaso.
Leía hace poco que una de las características de los grandes genios de la historia era su gran historial de fracasos. Tuvieron grandes éxitos no sólo por su genialidad, sino por su persistencia, por seguir intentando a pesar de sus fracasos. Seth Godin, emprendedor y uno de mis autores preferidos (cuyos libros se convierten instantáneamente en best-sellers), escribió en alguna ocasión la cantidad de empresas fallidas que ha emprendido; la lista era era de más de 20.
Si acaso esta idea no te ha parecido loca, te invito a preguntarte, ¿en qué áreas de mi vida me he exigido tanto la perfección, que me he limitado la posibilidad de éxito?
Por lo pronto y aunque este ensayo no sea perfecto, lo voy a publicar en mi blog.
Yo opino exactamente lo contrario:
Creo que nuestros problemas surgen de que nos exigimos la perfección.
Nos exigimos perfección en nuestra intención por ir al gimnasio, y cuando faltamos una vez, damos por terminado el esfuerzo. Después de todo, nuestra propósito de ir todos los días ya se vino abajo.
Nos exigimos perfección en nuestro intento por tocar el violín, y dado que nuestras primeras notas son poco menos que bellas, lo abandonamos todo. Después de todo, el talento debe ser natural.
Nos exigimos ser perfectos en la escuela, y fallar significa que no estamos hechos para el estudio.
Nos exigimos ser perfectos en nuestra interacción con el cliente, y en el caso de que algo falle, buscamos rápidamente a quién echarle la culpa para mantener nuestra imagen de perfección.
Le exigimos a los demás que sean perfectos, y una falta de ortografía o una analogía mal empleada puede hacer que una buena idea sea descartada inmediatamente.
Nos exigimos ser padres perfectos, y nuestros hijos sufren no sólo por nuestras imperfecciones, sino por nuestra frustración por no ser el padre ideal.
No es nuestra mediocridad, sino nuestra fútil búsqueda de la perfección en nosotros mismos y en los demás lo que nos frena... Nos detiene a seguir intentando a pesar del fracaso.
Leía hace poco que una de las características de los grandes genios de la historia era su gran historial de fracasos. Tuvieron grandes éxitos no sólo por su genialidad, sino por su persistencia, por seguir intentando a pesar de sus fracasos. Seth Godin, emprendedor y uno de mis autores preferidos (cuyos libros se convierten instantáneamente en best-sellers), escribió en alguna ocasión la cantidad de empresas fallidas que ha emprendido; la lista era era de más de 20.
Si acaso esta idea no te ha parecido loca, te invito a preguntarte, ¿en qué áreas de mi vida me he exigido tanto la perfección, que me he limitado la posibilidad de éxito?
Por lo pronto y aunque este ensayo no sea perfecto, lo voy a publicar en mi blog.
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